Manuel Castellanos

Dicen que la experiencia es un privilegio exclusivo de la edad. No es cierto. La experiencia se aprende. Se construye con trabajo, con decisiones difíciles, con errores corregidos y con responsabilidades asumidas. Y en la política, como en cualquier otra vocación, no todo es escritorio.

Durante años se ha repetido que la política es terreno de adultos mayores. Que para ser tomado en serio hay que hablar rígido, pensar rígido y hasta vivir rígido.

Como si la juventud fuera un problema que debe disimularse.

Quienes trabajamos dentro del servicio público sabemos que ese prejuicio sigue vigente. A los jóvenes se nos ve como inexpertos por definición. Sin embargo, la realidad demuestra otra cosa: hay jóvenes preparados, responsables y comprometidos que sostienen buena parte del trabajo cotidiano de las instituciones.

Ser joven no es sinónimo de improvisación. Y acumular años tampoco garantiza buen juicio.

La política real se aprende trabajando de verdad, no simulando para la foto. Se aprende revisando expedientes, recorriendo comunidades, escuchando problemas concretos y resolviendo asuntos que nunca aparecerán en redes sociales. Se aprende entendiendo que el servicio público exige disciplina, método y resultados.

En cualquiera de los tres poderes de la nación hay jóvenes cumpliendo tareas fundamentales: elaborando sentencias, construyendo leyes, operando programas públicos, atendiendo ciudadanos, organizando presupuestos. Ese es el trabajo que no se ve, pero que hace funcionar al Estado.

Ahí se forma la verdadera experiencia.

Pero ser joven en la política no debería implicar dejar de ser joven en la vida. Ese es el equilibrio más difícil. No perder la capacidad de asombro, la cercanía con los amigos, el sentido del humor, la empatía y las ganas de aprender. No creer que la formalidad exige dureza ni que la responsabilidad obliga a volverse distante.

La política necesita profesionales, no personajes acartonados.

Mantener la esencia significa recordar que antes de cualquier cargo seguimos siendo personas. Que se puede trabajar con seriedad sin renunciar a la alegría; ejercer autoridad sin perder sensibilidad; tener convicciones firmes sin dejar de escuchar.

Muchos jóvenes caen en la trampa de pensar que para encajar hay que cambiarlo todo: el tono, el estilo, la forma de ser. Ese es un error. La autenticidad también es una virtud pública.

No se trata de enfrentar generaciones, sino de complementarlas. De reconocer que la experiencia es valiosa, pero que la energía joven también lo es. Las instituciones se fortalecen cuando conviven distintas edades, miradas y trayectorias.

El mayor riesgo para un joven en lo público no es equivocarse, sino volverse cínico demasiado pronto. Creer que para ser tomado en serio hay que dejar de sentir, de cuestionar y de soñar.

México no necesita más simulaciones ni más políticos desconectados de la realidad. Necesita servidores públicos que trabajen con honestidad, preparación y convicción, sin importar cuántos años tengan.

A quienes somos jóvenes nos toca demostrarlo con hechos: con trabajo serio, con resultados y con carácter. Demostrar que se puede servir al país sin perder la identidad, que se puede ser institucional sin dejar de ser auténtico.

El empoderamiento juvenil no se construye con discursos, sino con responsabilidad.

La política necesita más jóvenes dispuestos a entrarle en serio.
Y necesita, sobre todo, que esos jóvenes, al hacerlo, no dejen nunca de ser jóvenes.

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