Plurinominales: entre la representación y el discurso fácil.
Hay frases que se vuelven populares porque suenan fáciles.
“Que quiten a los plurinominales”,“son muchos”, “cuestan mucho”.
Y listo. Problema resuelto, pero la democracia no funciona a base de soluciones fáciles
En estos años acompañando a jóvenes, colectivos y comunidades en distintas partes de
Chiapas, he visto algo muy claro: casi nadie se siente realmente representado. Mucha gente
siente que la política pasa lejos, que las decisiones se toman sin preguntar y que las
mismas caras de siempre ocupan los mismos espacios.
Por eso me hace ruido que la respuesta sea cerrar más puertas, porque, seamos honestos:
cuando se reducen espacios, no salen los de arriba, salen los de abajo, salen las
juventudes, salen los perfiles ciudadanos, salen quienes vienen de lo local, quienes no
tienen estructura, quienes apenas están encontrando una forma de participar.
Los plurinominales no son perfectos (nada en la política lo es), pero han sido una de las
pocas maneras de meter diversidad a la conversación pública (aún más en estos tiempos).
De que el Congreso no se vea igual todo el tiempo. De que existan más acentos, más
historias y más miradas sentadas a la misma mesa.
Porque de eso se trata la democracia: de pluralidad. Y cuando la pluralidad se reduce, lo
que perdemos no es un número de curules, perdemos perspectivas, debates y contrapesos.
Perdemos la posibilidad de que alguien diga “no estoy de acuerdo” desde adentro. Y una
democracia sin voces distintas deja de ser diálogo para convertirse en eco.
Quitarlos puede sonar moderno, pero también puede significar un Congreso más pequeño,
más cerrado y más parecido a sí mismo, a ese discurso que se vende una y otra vez.
Y eso no es modernizar. Eso es retroceder.
La democracia no se trata de tener menos voces, sino de aprender a convivir con más. De
escuchar incluso a quienes no piensan igual. De aceptar que el país es plural, complejo y a
veces incómodo.
Reducir la representación para que “sea más simple” puede ser práctico, pero lo práctico no
siempre es lo justo.
Si de verdad queremos mejorar la política, la conversación debería ser otra: cómo hacerla
más cercana, más transparente, más honesta. No cómo hacerla más chica.
Porque el problema nunca ha sido que sobren personas opinando, el problema es cuando
solo opinan los mismos de siempre, cuando la opinión se adoctrina.
Ana Sofía Calderón Maza
Foto vía: El País