Donald Trump no apareció de la nada. No es una anomalía histórica, sino la expresión más sincera de una idea que Estados Unidos arrastra desde hace más de un siglo: la convicción de que su poder no necesita justificarse, solo ejercerse. Esa convicción se llamó “Destino Manifiesto” en el siglo XIX, cuando se usó para legitimar la expansión territorial. Hoy ese lenguaje se disfraza con términos como seguridad, interés estratégico o estabilidad, pero sigue operando.
La visión de Trump sobre América no es un plan escondido: es directa y repetida. Ya no se habla de conquista, sino de seguridad; no de expansión, sino de interés nacional, aun cuando las consecuencias sean profundas y duraderas.
Venezuela aparece de nuevo en este esquema. La narrativa reciente sobre la captura de Nicolás Maduro, más útil como señal política que como realidad administrativa consolidada, se inscribe en una lectura geopolítica donde el petróleo sigue siendo un factor central. La “estabilidad” solo importa si encaja con los intereses estadounidenses en energía y poder regional.
México ocupa un papel distinto, pero igual de crucial. La lucha contra el narcotráfico se ha convertido en un eje del discurso trumpista hacia nuestro país. Más que una política concreta, en el relato de Washington sirve para endurecer la frontera, justificar presiones y construir una narrativa simplificada: México como origen persistente del problema, Estados Unidos como víctima y árbitro.
Esta visión ignora lo complejo de la realidad hemisférica, donde consumo, rutas y estructuras criminales interactúan en ambos lados de la frontera.
Y luego está Groenlandia, un territorio que tradicionalmente parecía lejano para la política cotidiana estadounidense, pero que ha regresado al centro del debate internacional. Desde su regreso a la Presidencia, Trump ha reavivado su interés por la isla, argumentando que es vital para la seguridad nacional frente a Rusia y China, una narrativa repetida en declaraciones públicas recientes de la Casa Blanca, al tiempo que coloca la diplomacia como “primera opción” sin descartar medidas más agresivas si Dinamarca se resiste.
Esta presión ha escalado hasta el punto de que líderes groenlandeses y daneses han rechazado de forma tajante cualquier posibilidad de cesión de soberanía, subrayando que la isla no está en venta y que su futuro debe decidirlo su población y el Reino de Dinamarca.
Mientras tanto, altos funcionarios estadounidenses como el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, se han reunido con representantes de Dinamarca y Groenlandia en la Casa Blanca para abordar el futuro de la isla en medio de estas tensiones crecientes.
La caricatura que acompaña este artículo la realicé con el uso de inteligencia artificial, inspirándome en American Progress de John Gast, que se encuentra en el Museo Autry del Oeste Americano, en Los Ángeles, California.
La pintura original representaba la creencia de que Estados Unidos avanzaba inevitablemente hacia el oeste llevando “progreso” y “civilización”, mientras los pueblos y formas de vida existentes eran desplazados. En esta versión contemporánea, esa misma idea se traslada al siglo XXI: el avance ya no se expresa como expansión territorial abierta, sino como control estratégico, seguridad, influencia económica y poder político sobre regiones clave.
Otras obras de arte norteamericanas representan este mismo ideal, como Westward the Course of Empire Takes Its Way, mural pintado por Emanuel Leutze en 1861 en el Edificio del Capitolio, sede del poder legislativo de Estados Unidos.
Donald Trump no revive el Destino Manifiesto: lo exhibe. Y al hacerlo, recuerda que ciertas ideas no desaparecen; solo se transforman, se actualizan y regresan con nuevos nombres y distintos disfraces.
Estudiante de Derecho, apasionado por la historia y la geopolítica, Rodrigo López Bay escribe para Fuente Moderna, donde analiza el pasado y sus consecuencias actuales.